Nutrición oncológica y cuidado integral

Acompañar desde la nutrición: investigación y cuidado integral en cáncer con Adriana Alcaraz Soler

Presentamos un nuevo formato en nuestro blog: entrevistas con expertos en oncología e investigación del cáncer.

En estas charlas, los especialistas comparten su conocimiento y nos cuentan sobre los avances más recientes en estudio y tratamiento del cáncer, ofreciendo perspectivas útiles para quienes quieren entender mejor este campo.

Adriana Alcaraz Soler es graduada en Nutrición Humana y Dietética por la Universidad Ramon Llull – Blanquerna.

Cuenta con una sólida especialización a través de másteres en Nutrición Clínica, Nutrición Clínica Oncológica y Microbiota, Probióticos y Prebióticos, cursados en reconocidas universidades españolas.

Actualmente desarrolla su labor como dietista-nutricionista en la Unidad de Soporte Nutricional del Hospital Vall d’Hebron y como dietista-nutricionista oncológica en la unidad de Cáncer de Colon del Vall d’Hebron Instituto Oncológico (VHIO).

Además, colabora en proyectos de investigación centrados en nutrición oncológica, obesidad y salud pública.

Adriana Alcaraz es graduada en Nutrición Humana y Dietética
¿Por qué la nutrición es una parte clave del tratamiento oncológico?

Cada vez disponemos de más evidencia que demuestra que el estado nutricional es un factor determinante en la evolución del paciente oncológico.

No solo influye en la tolerancia al tratamiento y en la calidad de vida, sino que en algunos tumores también se ha relacionado con el pronóstico. Además, hoy sabemos que no es únicamente el peso lo que importa, sino la composición corporal, especialmente el papel de la masa muscular.

La investigación en oncología está empezando a poner el foco en cómo esta composición corporal puede influir en los resultados clínicos y en la aparición de toxicidades. Esto abre un campo de actuación enorme donde la nutrición tiene un papel protagonista.

¿Cómo influye el estado nutricional en la tolerancia a los tratamientos como la quimioterapia o la radioterapia?

La evidencia actual muestra que los pacientes con mejor estado nutricional y mayor masa muscular, especialmente una masa muscular de calidad, toleran mejor los tratamientos oncológicos.

Tolerar mejor el tratamiento significa poder mantener las dosis previstas, evitar retrasos y reducir complicaciones, factores que pueden impactar directamente en los resultados del tratamiento.

Además, la nutrición permite adaptar las pautas dietéticas a la sintomatología del paciente, ayudando a controlar efectos secundarios como las alteraciones gastrointestinales o la mucositis, lo que mejora tanto la tolerancia terapéutica como la calidad de vida.

¿Cuáles son los principales retos nutricionales a los que se enfrentan los pacientes oncológicos?

El primero, y muy relevante, es la desinformación. Cuando una persona recibe un diagnóstico de cáncer necesita respuestas y necesita sentir que puede hacer algo. Muchas veces buscan información sobre alimentación y ejercicio físico (dos áreas que sabemos que influyen en el bienestar), pero se encuentran con mensajes contradictorios o alarmistas. Esto genera miedo, ansiedad y, con frecuencia, restricciones dietéticas muy severas y sin base científica que terminan empeorando su estado nutricional y su calidad de vida.

El segundo gran reto es la desnutrición por la caquexia asociada al cáncer, que es una entidad mucho más compleja. En estos casos ya no hablamos solo de “comer más”, sino de un problema metabólico y funcional que puede avanzar rápido. Por eso, el objetivo clave es prevenir y detectar de forma precoz para intervenir antes de que el deterioro nutricional y funcional sea difícil de revertir.

¿Qué errores o mitos frecuentes detectas sobre alimentación y cáncer?

Uno de los mitos más frecuentes es el miedo al azúcar, que muchas veces se convierte en miedo a todos los hidratos de carbono. Es importante matizar: los azúcares añadidos y los productos ultra procesados deben limitarse, pero muchos pacientes llegan al extremo de eliminar alimentos que son nutricionalmente valiosos, como legumbres, cereales integrales o tubérculos. Y esto puede agravar la pérdida de peso y masa muscular.

Otro tema recurrente son las dudas con algunos alimentos concretos, como la soja o el gluten, pero, en consulta, el patrón más habitual sigue siendo el de restricciones excesivas y poco justificadas.

En la mayoría de casos, lo prioritario no es prohibir, sino optimizar la composición corporal y seguir una dieta de alto valor nutricional.

¿Por qué es fundamental que la terapia nutricional sea personalizada en oncología?

En oncología no existe una única “dieta válida para todos”.

No todos los tumores son iguales, no todos los tratamientos tienen los mismos efectos, y las personas llegan a la enfermedad con hábitos, cultura, preferencias y contextos de vida distintos.

Personalizar significa ajustar la estrategia nutricional al tipo de tumor, al estadio, al tratamiento y a la situación clínica, pero también a la persona, porque la alimentación es salud… y también es vida social y cultura.

¿Cómo adaptas la intervención nutricional a las distintas fases del proceso oncológico?

La intervención nutricional debe ser dinámica, porque las necesidades cambian a lo largo del proceso.

No es lo mismo el momento previo a una cirugía que el postoperatorio, ni una fase de tratamiento activo que una fase de recuperación. Muchas veces las pautas cambian a lo largo del proceso: algunos alimentos se priorizan o se adaptan en un momento concreto, y después se reintroducen.

Por eso, las pautas evolucionan con la enfermedad y con la situación clínica del paciente.

¿En qué proyectos de investigación en nutrición oncológica estás colaborando actualmente?

Actualmente participo en varias líneas de investigación centradas en cómo la nutrición puede mejorar el cuidado del paciente oncológico.

Una de las principales es estudiar cómo la composición corporal —la distribución de masa muscular y masa grasa— puede influir en la tolerancia a los tratamientos, la calidad de vida y la supervivencia, especialmente en pacientes con cáncer colorrectal en estadios avanzados. Creemos que prevenir la desnutrición y optimizar la masa muscular puede marcar diferencias clínicas importantes.

También estamos impulsando investigación en caquexia: queremos identificar marcadores que permitan predecir qué pacientes tienen más riesgo de un deterioro nutricional y funcional acelerado. El objetivo es anticiparnos y poder plantear un abordaje multimodal: nutrición personalizada, ejercicio físico y, cuando exista, un tratamiento farmacológico eficaz.

Además, exploramos estrategias de prevención y factores de riesgo, con especial interés en el aumento de tumores digestivos en pacientes jóvenes, donde probablemente confluyen hábitos de vida y factores ambientales.

Y, de forma muy vinculada a todo ello, participamos en proyectos sobre microbiota intestinal, incluyendo colaboraciones internacionales, para entender su papel tanto en la oncogénesis como en la respuesta a los tratamientos.

¿Qué avances recientes en investigación nutricional oncológica te parecen más prometedores?

Me parece especialmente prometedor el avance en la composición corporal como biomarcador. No solo evaluar “peso”, sino entender la calidad y cantidad de masa muscular y grasa, y cómo esto se relaciona con toxicidad, tolerancia, calidad de vida y resultados oncológicos.

A medio plazo, uno de los horizontes más interesantes sería poder personalizar mejor la estrategia terapéutica teniendo en cuenta estos parámetros, e incluso avanzar hacia un ajuste más preciso de tratamientos. Hoy las dosis suelen calcularse por superficie corporal, pero la investigación abre la puerta a que en el futuro podamos incorporar medidas más fisiológicas, como la masa muscular, para optimizar tolerancia sin comprometer eficacia. Aún no es práctica clínica habitual —la evidencia es todavía limitada y en muchos casos piloto—, pero es una línea con enorme potencial traslacional.

¿Qué relación existe entre microbiota intestinal y cáncer?

La microbiota intestinal es un campo en desarrollo, pero cada vez hay más evidencias de su papel en el proceso oncológico. Se han descrito asociaciones entre ciertos microorganismos y el desarrollo y pronóstico de algunos tumores, como ocurre en el cáncer de recto con el Fusobacterium nucleatum.

Además, la microbiota influye en la integridad de la mucosa intestinal y en el equilibrio inflamatorio, algo especialmente relevante en tumores digestivos, donde la alimentación y las bacterias intestinales están en contacto directo con el epitelio. Entender esta relación abre nuevas vías en prevención, en el acompañamiento nutricional durante el tratamiento y en la identificación de posibles dianas terapéuticas, aunque todavía queda mucho por investigar.

¿Cómo puede la nutrición modular la microbiota en pacientes oncológicos?

La nutrición es una de las herramientas más potentes para modular la microbiota. En consulta, el objetivo es favorecer un entorno intestinal más saludable, siempre adaptado a la tolerancia del paciente.

Priorizamos fuentes alimentarias que aporten microorganismos beneficiosos, como fermentados (yogur, kéfir etc), y, siempre que sea posible, trabajamos para mantener o recuperar el aporte de fibra mediante alimentos ricos en prebióticos, porque esa fibra actúa como “alimento” de bacterias beneficiosas.

Todo ello puede contribuir a un microambiente intestinal más equilibrado y potencialmente menos inflamatorio, algo especialmente valioso en pacientes con sintomatología digestiva o en tratamientos que afectan a la mucosa intestinal.

¿Qué impacto tiene la obesidad en el desarrollo y pronóstico del cáncer?

La obesidad es un factor de riesgo reconocido para el desarrollo de varios tipos de cáncer y también puede influir en el pronóstico. Sin embargo, en oncología no basta con valorar el peso o el IMC, ya que no distinguen entre masa grasa y masa muscular.

Muchos pacientes presentan obesidad sarcopénica: exceso de grasa corporal con baja masa muscular, una situación asociada a peor tolerancia a los tratamientos y peores resultados clínicos. Por eso, cada vez es más importante centrarse en la composición corporal para entender el estado real del paciente y poder intervenir de forma más precisa.

¿Qué retos ves en el futuro de la nutrición oncológica y la investigación en cáncer?

El gran reto es que la nutrición todavía no está integrada de forma sistemática en la práctica clínica habitual en oncología.

Muchos servicios no cuentan con un nutricionista oncológico dentro del equipo, y eso limita tanto el abordaje asistencial como el desarrollo de proyectos de investigación.

Creo que es esencial que el profesional de nutrición especializado en oncología forme parte del equipo clínico, porque solo así puede entender en profundidad el tipo de tumor, el tratamiento, el estadio y la situación clínica para diseñar intervenciones realmente eficaces.

A la vez, necesitamos más estudios bien diseñados que demuestren impacto en calidad de vida, tolerancia y resultados clínicos. Esa evidencia es la que permitirá consolidar la nutrición como un pilar del tratamiento y justificar su implementación de manera amplia y estructurada.

¿Quién es Adriana Alcaraz Soler y cómo nace tu vocación por la nutrición oncológica?

Me defino como una persona alegre, optimista y profundamente apasionada por la vida y por la ciencia. Siempre me ha fascinado el cuerpo humano y cómo el conocimiento científico puede transformar la vida de las personas.

Vengo de una familia de médicos, donde la salud y la medicina han formado parte de las conversaciones cotidianas desde siempre. Soy la primera nutricionista de la familia, decidí estudiar nutrición porque veía en ella el equilibrio perfecto entre la medicina y el estilo de vida. Intuía que era un ámbito con muchísimo recorrido por delante y donde podía aportar un valor real y diferencial.

Además, tengo un espíritu emprendedor y sentía que la nutrición, especialmente en el contexto clínico, ofrecía un espacio donde todavía quedaba mucho por construir. Con el tiempo, confirmé que no me había equivocado.

¿Qué te llevó a especializarte específicamente en el acompañamiento nutricional de personas con cáncer?

Lo tuve muy claro desde la carrera. La primera vez que estudié la fisiopatología del cáncer y el impacto de los tratamientos en el organismo, entendí que la nutrición era un pilar fundamental en estos pacientes.

Pero fue durante mi primera rotación clínica, precisamente en la planta de oncología médica, cuando realmente lo confirmé. Al hablar con los pacientes y escuchar sus inquietudes, comprendí que existía una necesidad enorme y todavía poco cubierta. Vi que la nutrición podía aportar mucho más que pautas dietéticas: podía mejorar la tolerancia a los tratamientos, la calidad de vida y el empoderamiento del paciente.

Además, es un campo en el que todavía queda muchísimo por investigar, comprender y aplicar en la práctica clínica, y eso lo convierte en un ámbito apasionante.

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